Hijos Bastardos de Matusalén describe una sociedad sucia y distópica en el siglo XXIII.
El mundo ha seguido la dinámica de principios del siglo XXI y el planeta es un desastre ecológico y social. Por un lado, el progresivo deterioro del ecosistema ha forzado a la humanidad a abandonar el campo, marchito y envenenado, y a subsistir en las ciudades principales donde las fábricas de oxígeno mantienen una atmósfera respirable. Fuera de las ciudades, apenas existen granjas, no mucho mejores que campos de trabajo, con cultivos de soja y cultivos de biodiesel, esenciales para el combustible rápido y los sucedáneos alimenticios.
Los gobiernos desparecieron tiempo atrás dejando paso a un estado libertario controlado por las grandes corporaciones multinacionales. Las élites financieras disfrutan de los lujos que quedan en los recintos urbanos cerrados, conocidos comunmente como "Las Torres", complejos cubiertos por cúpulas estancas y donde los ricos viven para siempre, gracias a una droga llamada Suero de Ponce.

El suero es accesible para todos, pero solo está permitido consumirlo previo pago de un impuesto desorbitado. A los consumidores ilegales se les denomina "esquivadores", y son perseguidos y "jubilados" por un grupo especial sancionado por las corporaciones, la Policía de Delitos de Asenescencia, conocida comunmente como "Parcas".

Los menos afortunados pueden optar a la inmortalidad espiritual mediante el volcado de su "alma" en los servidores Vaticanos. La Iglesia Neocatólica es una fuerza mundial tras descubrir, patentar y controlar el sistema de salvado digital de almas. La renovada insitución milenaria con nueva sede en El Escorial dicta la moral de la plebe.

Un mundo oscuro, donde no hay más ley que la que se pueda comprar, ni más moral que la supervivencia.